martes, 17 de enero de 2012

Soledad en el bar Azul



Literatura era quizá la más entretenida de las materias no efervescentes. Todos habíamos visto llorar a la bella Soledad, ahogando su ocio en la tristeza espesa y verbenera de nuestros bares de noche. Al día siguiente, de fijo nos pondría a leer a Lorca, Neruda o Benedetti, según le diera, como para neutralizar. Aprenderíamos de este modo más literatura en la trastienda de las letras que en las letras propias, como algunos piensan que debe ser. En torno a nuestra profesora, circulaban rumores de mal de amor que diariamente alimentaban las chicas, siempre más ávidas en asuntos tales, cuando todavía a los chicos ni se nos pasaba por la cabeza que el amor pudiera llegar a emborricar a nuestra Soledad en uno de los altos taburetes del Bar Azul, para picar aceitunas y cacahuetes en un cateto bulevar de sueños rotos, donde lo más parecido al coñac era un insoportable destilado químico llamado 103. El bar estaba, en efecto, todo pintado de azul, pero con una intensidad humosa y desangelada, como las etiquetas en las viejas botellas de Pepsi-cola que adornaban, como la excentricidad que supondrían en su momento, la estantería doble del fondo. A nuestra profesora, entonces veinteañera y atractiva, convergerían las polvorientas martingalas de los parroquianos, que tenían bien superada la cuarentena. Soledad ya había aprendido que, generalmente, a los bares surextremeños, se llegaba en grupo y con una conversación prefijada, a la que se iban añadiendo distintos puntos de vista para luego abonarla, injertarla o, en la mayoría de los casos, transplantarla a otra tierra más fértil; pero al Bar Azul se iba a beber en soledad o se preguntaba el horario de los autobuses o, también, se podía ir a preguntar el horario de los autobuses para terminar bebiendo en soledad. Soledad. Nunca quedaban sueños que romper en su bar azul. Era, sin duda, el mejor lugar para estirar la materia de la vida como la de una chiclosa pesadilla. Por eso, si se iniciaba una charla, ésta era compendiosa, estrictamente necesaria y nunca, por razones obvias, se juzgaba en ella el estilo de vida de nadie.

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